Si bien hay un consenso bastante amplio en que la democracia española se muestra cada vez más insuficiente y con más lagunas para satisfacer las necesidades de sus ciudadanos, hasta el punto de que muchos de ellos se sienten no representados por el sistema, no es seguramente tan fácil determinar por qué ha derivado en esta situación, tras su nacimiento en la transición, ni tampoco decidir qué habría que hacer, y quién, para enmendarla.
París, ciudad destrozada, empobrecida y ocupada, se convertirá tras la guerra en símbolo del arte y la cultura europeos e iluminará como foco intelectual los estilos de lo cotidiano y los modos de hacer literatura, política e historia.
Puede que hoy en día la política se haya convertido en el lugar de lo oscuro y de lo confuso. En concreto, el malestar y el declive de una de sus aristas, la representación política, es meridiano. Las críticas a los partidos y a las formas tradicionales de hacer política abren nuevos cauces de participación que suponen un reto para el inmovilismo de las viejas estructuras.